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Capítulo 3

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Capítulo 3

Mensaje por Jean Stark el Mar Jul 16, 2013 10:11 am

Capítulo 3: La Masacre


Las puertas del dojo siempre habían sido muy pesadas, pero para cuando las empujé no noté ni rastro del esfuerzo que había tenido que hacer siempre para abrirlas. La sed de sangre que sentía en mi interior nublaba todos mis otros sentidos, y por ello temía que me descuidara en algún momento y que perdiera la concentración de la pelea. Nada más entrar me esperaba el perro de Jofrey, aquel que se había encargado de ejecutar la orden del asesinato de Arya. Perfecto, era la segunda persona a la que más ganas tenía de matar. Estaba solo, normal, pues era demasiado orgulloso como para necesitar de alguien más durante un combate, seguramente me habría subestimado y les habría dicho a sus compañeros que él solo se bastaba para destrozarme a ver si era verdad. Puso una sonrisa enfermiza al mismo tiempo que desenvainaba su enorme espadón, la cual se me clavó en la mente e hizo que mis ojos hirvieran en sangre hasta ponerse rojos como la sangre misma. No hicieron falta palabras, nuestras dos espadas estaban chocando acero contra acero antes de que nos pudiéramos dar cuenta, aunque la suya se imponía por mucho en volumen.

Después del primer encuentro los dos retrocedimos para tomarnos un respiro: si algo estaba claro es que no iba a ser nada sencillo, es más, estaba seguro de que me superaba en fuerza, pero ese espadón le hacía moverse más lento de lo normal, por lo que tendría que explotar mi velocidad si quería vencer. Mientras mantenía su espadón con una mano a duras penas me hizo una señal con la otra, me estaba retando. Corrí dando vueltas a su alrededor hasta que encontré una abertura, entonces ataqué con la katana en mi mano izquierda produciéndole un corte en el abdomen, justo en la parte abdominal inferior, pero al mismo tiempo el me dio potentemente con el filo de su espadón en uno de mis hombros, dejándolo severamente herido. Podía ser lento, pero ese pedazo de espada de casi dos metros de longitud hacía más daño que un martillo gigante. Su planteamiento era claro, esperar a que le atacara para entonces devolverme el ataque mucho más fuerte. Quería llevar el combate a un survival puro, pero eso a mí no me interesaba ni mucho menos, así que pensé que tendría que hacerle un corte con el que no pudiera atacarme después de hacérselo.

Iba a ir a por uno de sus brazos, lo dejaría inutilizado y así no podría levantar bien el espadón. - Taigākurō -. Aguanté como pude el dolor del hombro y salté como una exhalación sobre la espalda del espadachín, el cual se dio la vuelta de una forma brusca como había esperado y penetré la katana sobre su hombro derecho, y posteriormente la levanté de una forma muy rápida cortándole todos los ligamentos que conectan su brazo derecho con el resto del cuerpo dejándolo inutilizado totalmente. Pero para mi sorpresa se revolvió soltando el espadón y me dio un puñetazo muy fuerte con la mano izquierda haciendo que retrocediera unos metros y más tarde que cayera al suelo. Me levanté inmediatamente, no sin comprobar que su puñetazo había conseguido partirme el labio y hacer que sangrara bastante. Estaba parcialmente inhabilitado, pero igualmente me iba a plantar pelea. Ahora tocaba ir a por los ligamentos de la pierna izquierda y así dejarlo inmóvil y sin posibilidad de defenderse de mis ataques, lo cual lo dejaría a punto de caramelo para que le pudiera rematar.

Cogí con fuerza la katana con el brazo que aún podía sentir y salí despedido hacia la espalda del enemigo, el cual aún seguía maldiciéndose por no poder levantar bien la espada con una sola mano. Mi katana se clavó justo en la parte posterior de la rodilla izquierda mediante un corte horizontal, arrebatándole gran parte de la movilidad del tren inferior. Antes de que se diera la vuelta salí de ahí con un salto hacia atrás. Su pierna estaba tocada pero no hundida, y, a pesar de la sangre que le salía a borbotones del hombro y de la rodilla, el combate aún no había terminado. Después de recuperar el aliento me acerqué caminando lentamente hacia el perro faldero de Jofrey, estaba de rodillas y respirando lentamente pero aún así quería seguir peleando. No tardé demasiado en dejarlo a punto para el remate final, aunque eso sí, me costó un par de cortes y golpes más en mi cuerpo. Para entonces le clavé lentamente la katana en el interior del intestino grueso y la saqué del mismo modo pero cambiando la inclinación para así causar más daño. - Te he atravesado el estómago, te desangrarás y morirás … pero no será pronto … -. El lugar donde más se tarda en desangrar una persona es en el estómago, y también es una de las muertes más dolorosas.

Con la katana en posición trasversal colgando de mi cintura dejando tras de sí un rastro inequívoco de sangre y a paso lento, me adentré en las primeras salas del dojo. Allí me recibieron un par de encargados con los que había trabajado y que se notaba en su cara que no querían hacer nada pero Jofrey les estaba obligando. - No os quiero hacer daño alguno, dejadme pasar pues cuando acabe no tendréis que preocuparos de Jofrey -. Mi tono era muy serio, profundo y a veces entrecortado por la falta de aire. De pronto se empezaron a escuchar los primeros sonidos de acero cayendo sobre la madera del dojo. Los trabajadores dejaban sus armas en el suelo y me abrían paso para que pudiera llegar a la sala final donde se encontraba Jofrey, seguramente escondido y defendido bien por varios de sus mejores hombres, aunque ya había matado al mejor en teoría. Antes de abrir las finas puertas correderas que nos separaban me paré un momento a tomarme la cápsula Kuro para poder detener el dolor en mi cabeza y poder pelear sin complicaciones.

Cuando abrí la puerta pude ver como allí estaba, acostado sobre una cheslone de color roja tapizada y ornamentada con piedras preciosas, rodeado por cinco capos de su mafia personal, cada cual más feo, uno con un hacha, otro con dos pistolas, uno con unos nunchakus y los otros dos con puños americanos de hierro. - Matadlo -. Dijo Jofrey con toda la tranquilidad del mundo mientras se ponía erguido para presenciar el espectáculo. La pelea duró mucho, bastante más que contra el perro faldero de antes, me costó sudor y lágrimas deshacerme de todos ellos y no solo eso sino que a parte sangraba preocupantemente por varias partes del cuerpo y la vista se me empezaba a hacer borrosa. Pero no podría rendirme sin terminar aquello por lo que había estado entrenando tanto tiempo, por aquello que mi hermana y yo habíamos luchado durante toda la vida, asesinar a Jofrey, el cual pidió piedad hasta el último momento, llegando incluso a ofrecerme el dojo y una gran suma de dinero. Como si eso me importara. Lo maté asestándole cientos de cortes en zonas no mortales, para que sufriera lo máximo posible, y al final le corté la cabeza de un espadazo sutil. Fue una buena forma de morir para alguien como él.

A duras penas conseguí llegar hasta la zona de los trabajadores, donde les dije que recogieran todas las cosas y que salieran fuera pues iba a prender fuego al dojo, sí, al dojo de mi familia por el que tanto habíamos peleado pero que solo nos había traído problemas: era hora de evolucionar. Una vez estuvimos todos fuera saqué una cerilla y prendí fuego a una puerta de tela del dojo, pronto todo estaba en llamas. - Pudriros todos en el infierno -. Fue lo último que dije antes de caer inconsciente rodeado por los trabajadores del dojo, quienes aún estaban celebrando el que Jofrey estuviera por fin muerto. Hasta aquí llegaba la pesadilla que llevaba atormentándome durante tanto tiempo, pero ahora no se como viviría, estaba solo en el mundo.

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Hablo Narro "Pienso"

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Jean Stark

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