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Capítulo 1

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Capítulo 1

Mensaje por Jean Stark el Sáb Jul 13, 2013 11:31 am

Capítulo 1: Un Dojo Maldito


Los primeros rayos de Sol de la mañana comenzaban a penetrar las finas ventanas del dojo, impactaban directamente sobre mi rostro, aunque eso no me importaba porque estaba despierto ya desde hacía unas cuantas horas. Me había pasado la noche pensando en lo que este dojo había sido y lo que es ahora, pero ya ni si quiera me daba cuenta de ello pues era todas las noches igual. Con el desánimo habitual me levanté del suelo y recogí el pequeño cubre, sobre el que me tenía que arreglar para dormir, para guardarlo en el armario. Me vestí rápidamente y me coloqué la katana sobre mi cadera izquierda. Una vez listo me dispuse a salir a la sala principal para un nuevo día de clases, clases en las que ya no aprendía nada pues era yo el que las debía de impartir para poder ganar lo suficiente como para hospedarme en el mismo dojo y que me sobrara muy poco cada mes para mis cosas. Cuando terminaron las clases me dirigí al patio exterior para entrenar por mi mismo; en esos momentos no había nadie más que me pudiera molestar por lo que entrené sin tapujos y sin consideración hacia elementos externos. Desenvainé la katana y la coloqué en mi mano derecha, reforzando la postura colocando mi mano izquierda sobre la otra y así empecé a dar mandobles al aire, tan solo unas cuantas, pues estaba calentando. Recordaba lo que me había enseñado mi padre en tiempos pasados, postura recta, movimientos rápidos y precisos, concentración absoluta … todo aquello había pasado a mejor vida, ya no me podía parar a pensar en esos conceptos básicos si quería recuperar el control del dojo derrotando a los prestamistas.

En mi mente tenía pensado cual iba a ser mi propio estilo de kenjutsu, y lo más importante, como iba a ser y en que se iba a fundamentar. “Explota tus habilidades y esconde tus defectos” era una de las frases favoritas de mi padre. Con mis conocimientos médicos sobre la anatomía humana, y la velocidad y sutileza que siempre me habían acompañado en mis movimientos con la katana, debería de esconder la falta de flexibilidad en los golpes y el que no tenía una gran resistencia. Así pues, dando cortes en el aire, el Chihasuryū comenzaba a dar forma en mi cabeza. Primero solo fueron tajos sin más, poco a poco se fueron convirtiendo en mandobles firmes y sutiles en horizontal y en vertical, y finalmente pasaron a ser poderosas haces que giraban entorno al eje de mi propio cuerpo. Este tipo de ejercicios se iban a convertir en el pan de cada día, y así fueron pasando los días, impartiendo clases y luego entrenando, poco a poco notaba como las mandobles que hacía contra el aire eran más rápidas y precisas, casi notaba como si la espada fuera una prolongación de mi brazo derecho. Unas semanas después, cuando ya empezaba a no notar mejoría con los entrenamientos, decidí pedir un día libre e ir a un lugar diferente para entrenar. Me costó sudor y lágrimas conseguir el consentimiento de la persona que estaba al cargo del dojo, tuve que prometer que haría horas extras impartiendo clases durante todo lo que restaba de mes, pero merecería la pena.

El lugar que escogí fue la playa, y en concreto el mar, dado que si ejercitaba todos los movimientos que había ya dominado bajo el agua, conseguiría aumentar tanto su potencia como su velocidad, pues debajo del agua todos nos sentimos inmensamente más pesados, nuestros movimientos se hacen más lentos y complicados. Me adentré poco a poco, pues el agua estaba fría, por lo menos más de lo que yo hubiera deseado, y luego me detuve cuando las pequeñas olas del mar me golpeaban a la altura de los hombros. Una vez allí, comencé a dar tajos con la espada, primero hacia los lados, luego en vertical y finalmente en transversal. Al principio ni si quiera conseguía mover ni un poco el agua, y ya más hacia el final de este tipo de movimientos podía observar como creaba pequeñas corrientes a partir de los cortes con la espada. Cuando mis brazos se acostumbraron a estar bajo el agua, mis movimientos empezaron a tornarse más difíciles, realizaba combos y fintas al mismo tiempo que cortaba, giraba sobre mi mismo para terminar dando un golpe seco, etc. Así me pasé toda la mañana y todo el mediodía, no sentía hambre ni tampoco sed, solo podía sentir las ganas imperiosas de mejorar que tenía, eso sí, aunque mi mente no lo sentía, mis músculos si que estaban sufriendo el cansancio acumulado de todos los otros entrenamientos y sobretodo el que había provocado con los movimientos bajo el agua. Así pues me tocaba descansar, y debía hacerlo bien porque es tan importante como el entrenar.

Después de secarme me fui al pueblo a comer algo y a hacer unas compras para otros entrenamientos que se me habían ocurrido: unas dianas y unos muñecos de paja que usaría para recrear situaciones de combates reales utilizándolos como personas inmóviles. El resto del día libre lo pasé en las montañas del norte de la ciudad, donde pulía mi espíritu como espadachín junto a mi katana, en una posición de meditación y concentración total. Con la vuelta al trabajo, las cosas se empezaron a tornar más tensas entre los prestamistas y yo, ya no querían mis servicios como instructor de kenjutsu pero yo no les dejé que me echaran, alegando que este era el dojo de mi familia, lo que me hizo ganar una buena reprimenda, ante la que no pude defender ni contraatacar porque sabía que si lo hubiera hecho entonces si que me habrían echado. Como fuera, conseguí ganar algo más de tiempo, y con ello también seguía disponiendo de un lugar donde entrenar. Con los nuevos cuerpos de paja y las dianas, dispuse una especie de campo de combate en el que tuve en cuenta factores como diferentes distancias, distintas separaciones entre los elementos o combinándolos a diferentes alturas.

De esta forma empezaría a entrenar combos de cortes y estocadas que más tarde darían forma a las primeras técnicas que tenía pensadas para el  Chihasuryū. La primera en caer fue el Chi Sākuru, la técnica básica de mi propio estilo, según la cual quería librarme de varios enemigos al mismo tiempo valiéndome de un movimiento circular sobre el eje de mi propio cuerpo, y sobretodo la técnica que más necesitaría si quería deshacerme de los esbirros de los prestamistas del dojo rápidamente. Coloqué seis dianas alrededor mío, a aproximadamente un metro y medio de mi posición formando un círculo, y ajustándolas a la altura a la que calculaba que estaría el abdomen de una persona de altura promedio, aunque dejé un par algo más altas o bajas por si acaso, pues no me podía olvidar de que el propósito de este entrenamiento era crear situaciones reales de batalla. Así pues, con estas variaciones de altura en las dianas tendría que modificar rápida e instintivamente la trayectoria de mi rotación para acertar donde deseaba, en el abdomen de mis enemigos. A pesar de que tenía que ser la técnica más básica del estilo me costaría muchos días de esfuerzo y dedicación dominarla, más de los que en principio tenía pensado, pero también es verdad que realmente lo que entrenaba cada día no era demasiado dado que tenía que hacer horas extras como instructor.

Los primeros días me concentré en coordinar el movimiento de rotación con la altura a la que debía mantener erguida la espada; los siguientes los dediqué a mejorar la velocidad del giro para disminuir el riesgo de que alguien me atacara durante la técnica; y ya los días finales estuvieron centrados en mejorar la precisión del tajo y pulir los últimos detalles. Al acabar había destrozado lo mayoría de las dianas ya varios de los hombres de paja, así que el resto de los días de entrenamiento me los tendría que apañar con el material restante. Paulatinamente, mis golpes se hicieron más intensos, los cortes más precisos, los movimientos más ágiles y veloces, estaba progresando a un gran ritmo, pero no era consciente de ello del todo, pues estaba concentrado en mi objetivo, hacerme más fuerte para recuperar el dojo. La única persona que me sacaba de la rutina de trabajo-entrenamiento era mi hermana, que de vez en cuando me visitaba y me contaba lo que estaba ahorrando con su trabajo, para así juntarlo con lo mío y algún día comprar el dojo. Ella era una idealista, yo sabía que nunca lo recuperaríamos por las buenas, conocía de buena mano a los prestamistas, pero aún así la alentaba para que siguiera igual que ella hacía lo mismo con mi entrenamiento. Los días empezaban a hacerse cada vez más cortos, mi corazón latía intensamente cuando llegaba la hora del entrenamiento, algo en mi interior notaba que había mejorado lo suficiente como para que la idea de tomar la ofensiva contra los prestamistas fuera una posibilidad y no un sueño, y por ello cada vez me esforzaba más, pero pasaría algo que lo cambiaría todo.

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Jean Stark

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