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Mensaje por Igarashi Len el Lun Jul 01, 2013 7:13 pm


El sol caía aplomo, como usualmente lo hace en días de verano, allí cuando se puede dar el lujo de calentar con todas sus fuerzas como si no hubiese un mañana. Su cuerpo respondía bastante bien, sudando bastante para compensar el calor que hacia allí, además de que sus ropajes anchos y ligeros además de delgados le ayudaban en aquella labor. Caminar por el desierto es más difícil de lo que la mayoría piensa. Usualmente se piensa que el sol incansable y además la falta de agua es lo que mata a las personas, pero la verdad es otra, diferente y maldita… Tu propia voluntad se ve mermada como cuando uno se cansa de intentar pasar una y otra vez una prueba de algún videojuego, con el tiempo al ver que la prueba no la pasas, tiendes a abandonar, una sensación símil nos envuelve en situaciones así, como lo seria perderse en una jungla o perderse en el desierto. Pero es en esos lugares donde nuestra fuerza de voluntad enfrente sus más duras penas, donde podemos pasar o caer sin sentido. Allí, en medio de la nada donde solo la soledad va a morir, donde el sol alumbra a la nada, y donde la nada se da cuenta de que esta sola, allí, en medio de arena y calor, allí caminaba el señor Blanco, solo con una cantimplora y una petaca de Whisky. Sus pies ya cansados de tanto andar y andar, no soportaban la carga del sol en su espalda. Sus sandalias ya rotas por tanto recorrido, presentaban agujeros que gracias al calor del sol, había hecho que ampollas salieran de sus plantas (pies). Sus pasos ya eran como los de un viejo sofocado por todo, la edad, el sol, y hasta el viento, como si su alma le pidiera descanso. Y solo en la noche el frío de la oscuridad eterna de un cielo hermoso y estrellado le reconfortaba y lo llamaba a aquellos confines sórdidos donde la esperanza se siente y el cuerpo se siente renovar, allí donde la sonrisa de cualquier humano o ser vivo se siente renacer. La mirada del señor Blanco se perdía en aquel mar de arena marrón, donde los escorpiones y otras criaturas miran de lejos esperando la muerte inherente a los seres vivos. –Demonios que hace calor –Señalo el señor Blanco abordando un tema obvio, intentando hablarse a si mismo para evitar la locura de la soledad que empezaba a ceñirse sobre su cuello. –Tienes razón, este sol no deja espacio para excusas –Señalo el mismo en un intento de respuesta que parecía inútil, pero necesario. Y así, todo lo que quedaba de día, mientras hubiese un poco de luz, fue así, hablando consigo mismo, intentando no parecer un lunático frente a los cuervos que arriba de él le señalaban que no confiaban en que lo lograra. Sus pasos quedaban marcados en la arena, pero con un poco de brisa desaparecían indicándole que a nadie le importaba que pasase por allí. Su propio maestro le había enviado allí, sabiendo que moriría seguramente, pero la labor de un buen marine era sobrevivir sin importar el que ni el como, tenia que hacerlo, así la justicia, una falsa pero buena justicia sobrevira frente a todo. Y así lo hacia él, cargando un bulto de 50 kilos de ladrillos, con solo una botella de agua, ninguna cosa útil, solo un revolver de 6 balas, y una petaca de Whisky, solo con ello debía cruzar el infernal desierto de Arabasta, para llegar a un Oasis en medio de la nada, allí lo esperaría su maestro para seguir con aquel entrenamiento maldito. Pero los anteriores entrenamientos surtían efecto, sus pies no estaban cansados, si quemados, pero ya el cansancio no se atrevía a asomarse en sus pies, solo el calor se atrevía a hacerlo, su espalda recta en su totalidad cargaba aquel peso muerto con algo de complicación, pero no mucha. El sol empezaba a descender, y empezaba aquel entrenamiento nocturno, cercano a la madrugada, hacer 50 sentadillas y 100 lagartijas sin el peso de los ladrillos obviamente, desenfundar y enfundar, repetidas veces. Su cuerpo ya cansado, no respondía con la normalidad usual con la que lo hacia regularmente. Su espalda ya excedida en cansancio no quería más batalla. Sus brazos ya lánguidos tanto movimiento, sus piernas algo fatigadas por el exceso. Al final de todo igual hacia sus ejercicios, sin importar que cansancio ni cuanto frío hiciese. Y luego de toda aquella actividad, venia lo más difícil. Entre los ladrillos que llevaba, una especie de esfera de acero de unos 100 centímetros de diámetro estaba allí, haciendo espacio. La tarea era darle 1 tiro certero (o sea que debía demorarse menos de 6 días en llegar y por cada día, un disparo debía efectuarse), y aparecer en el oasis, solo si se había logrado hundir aquella esfera, pero no podía hacerlo, por alguna extraña razón no lograba hundirla, su fuerza aun no era suficiente para aquella labor. Y cada vez que la noche caía y el sol ya no era un estorbo, se sumergía en sus labores, pero aquella que le dañaba en extremo, era la esfera… No podía con ella, sus manos estaban ya dañadas, extenuadas tanto golpear aquella esfera en días anteriores, debía desbloquear uno de los estilos más poderosos, la Skyfall (para él), necesitaría aquel entrenamiento para dar golpes con sus balas, suficientemente duros como el acero, o que fuesen capaz de doblarlo o hundirlo. Pero cada vez la tarea se veía más complicada, errática como si esta misma intentase decir “No lo lograras” pero aquellas palabras alivianadotes no llegaban nunca. –Maldita sea –Musito con cierta tranquilidad inherente en él, solo por rabia actuaba así, su mano estaba dañada, un dedo dislocado aparecía luego de golpear el gatillo, no sabia como lo había hecho pero estaba dislocado. –Duele como los mil demonios –Miro su mano dislocada, sus dedos aparecían cayendo inertes hacia el suelo por la gravedad. Los tomo con fuerza y los fue colocando en su respectiva posición. Su tarea aun no estaba finalizada, y debía serlo. Una vocecilla aparecía en su cabeza “Sigue intentándolo” por supuesto debo decir que fui yo el que hablaba, pero un pequeño impulso ayuda a cualquiera. Miro la esfera, debía cumplir con su labor, debía romperla o doblarla. Ya era el 4to día desde que había empezado su travesía. Se sentó, respiro profundo, no necesitaba meditar, solo enfocarse. Sus ojos se abrieron con rapidez, ya no había tiempo, se debía romper si o si… Y un golpe certero fue dado, un sonido, un eco, recorrió la oscuridad de la noche, el resultado era desconocido, pero sin duda alguno, era efectivo.

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Igarashi Len
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