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Z Chronicles ~ Capítulo 1

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Z Chronicles ~ Capítulo 1

Mensaje por Zhown el Lun Jul 01, 2013 7:47 am

El tiempo todo lo cambia, desde el alma más pura, a la más oscura. Nuestro joven pelinegro crecía y maduraba en el reino de Lvneel, como un espadachín más que entrenaba en el dojo de formación. Asistía cada día, durante tres o cuatro horas de su tiempo libre por las tardes, fortaleciendo tanto su exterior como su interior. Un cuerpo débil no le llevaría a ninguna parte, por lo que él mismo se obligaba a hacer entrenamientos tan fuertes que terminase sudando como una bestia al fin del tiempo. Todo premio conllevaba un esfuerzo en demasía, y él lo sabía a la perfección.

Antes de cada entreno, el joven realizaba tanto estiramientos como ejercicios de fuerza, lo suficientemente complicados como para desarrollar toda su fuerza: flexiones de distintos tipos y con pesos encima de su espalda para hacerlo más duro, poleas improvisadas para levantar piedras de distinta índole, además de carreras a pleno pulmón para mejorar la capacidad cardíaca. En los tres o cuatro primeros años se notó un cambio físico importante en su cuerpo, y pronto se vio traspasado a la zona de pelea. No había combate que no ganase dentro del dojo, a excepción de su maestro, que era el único imbatible para él. Ni un solo alumno había sido capaz de tocarle en toda su estancia en el lugar, y cada vez que le veían apartaban la cara para no tener que combatir con él. Ciertamente, se había ganado el respeto y el miedo propios de una persona que era como una bestia. A pesar de que tuviera la apariencia de un humano, se podía afirmar que en su interior habitaba un demonio, y que por eso tenían aquel tono violáceo sus ojos. Pero esto no es más que un absurdo cotilleo que crearon los estudiantes sobre Zhown, intentando comprender el porqué de su brutal fuerza.

Retomamos la historia del espadachín en una fría noche de invierno, de vuelta a casa tras comprar. Ataviado con una gran gabardina de color azul oscuro que le tapaba desde los tobillos hasta la nariz, paseaba tranquilamente, amparado por las estrellas. En sus manos llevaba algunos objetos de manutención que había necesitado comprar, para su propio mantenimiento y supervivencia.  En la cintura descansaban sus tres espadas, cada una de ellas obtenida en la tienda, intercambiando las cantidades de dinero que tanto le habían costado conseguir con distintos trabajos. Todo un espadachín necesitaba de sus armas, y en ese momento él ya podía considerarse como uno de ellos. Y había un humo muy extraño cerca de su zona de vivienda, que no le gustaba nada.

Una vez que entró a su vecindario, sus ojos se abrieron de par en par, anonadados por lo que habían visto: un cúmulo de cuerpos sangrantes y apilados en una hoguera que rezumaba humo a más no poder. Y cerca de ella, un hombre bailaba y reía como si estuviera loco de atar. Rápidamente, la mano que sostenía la comida y bebida que había comprado Zhown en la tienda, cayó al suelo alertando al asesino de su posición. Iba vestido con una especie de manta marrón, que tapaba la mayor parte de su cuerpo y dejaba a la vista unas manos y pies morenos, descalzos. En su mano izquierda portaba un cuchillo de cocina que podría medir sus treinta centímetros, pero la cara seguía oculta. Solo se escuchaba un gutural y extraño sonido de su boca, que no era capaz de localizar bajo la oscuridad de la que le proveía el manto. Pasó el cuchillo por la cara, y lo relamió con una larga lengua que alertó rápidamente al chico. Parecía que esa noche tendría que emplear todas sus habilidades para sobrevivir. Y el enemigo las tenía todas consigo, puesto que la pila de cadáveres había conseguido mermar la psicología del espadachín.

Por tanto, llevó sus manos hacia los mangos de sus espadas. Desenfundó las tres, colocando una de ellas en su mandíbula y las otras dos en las manos, respectivamente. Así, suspiró y se intentó tranquilizar, olvidándose del frío que hacía aquella noche invernal, y concentrándose en su futuro enemigo, el cuál avanzaba paso a paso hacia Zhown.

-¿Vas a ser tú mi víctima número cuarenta y siete? Al menos parece que te defenderás mejor que los cuarenta y seis anteriores, fehahahaha.

Preguntó el demente, acercándose más y más, hasta que el espadachín pudo ver la cara de aquel hombre. Recientemente se había alertado a la población del North Blue de que un asesino que se había escapado de un geriátrico, que era muy peligroso y andaba suelto. Tomando su mano libre para quitarse el manto que lo tapaba, dejó al descubierto su espantoso físico. Unas cadenas ataban su cuello a una mano, pero eso no le restaba ninguna movilidad. Solo había que darse cuenta de que, aun estando así, había matado a incontables inocentes. {Imagen}

- Creo que el que va a ser la única víctima en esta noche serás tú, gilipollas.

Comentó Zhown, con su típica mirada cabreada y sujetando con fuerza las armas. Le hizo un signo con los dedos de su mano derecha para que se acercase a él, por lo que el combate comenzó en ese mismo instante. Las sombras de ambos personajes eran reflejadas por la gran hoguera, que les daba el calor suficiente como para pelear a gusto. El loco se lanzó para dar un corte vertical descendente al joven de ojos violáceos, que esquivó girando hacia la derecha. Lanzó un doble corte a la pantorrilla izquierda, pero su enemigo levantó la pierna a tiempo y lo esquivó. Así, le lanzó un fuerte puñetazo con el reverso de su mano, que impactó en el filo de la espada de su boca, abriendo una herida en su puño. La sonrisa del pelinegro era tan intimidante como la que tenía el asesino: ambos se estaban divirtiendo.

El combate siguió durante aproximadamente veinte minutos más, en los que cada uno intercambiaba distintos golpes y cortes. El asesino, a pesar de estar encadenado al cuello y al brazo, se movía como si fuera un bailarín espectral, esquivando muchos de los ataques de Zhown, pero a la vez cayendo en tretas muy tontas. La sangre se derramaba por unas cicatrices que las espadas del chico habían abierto en su pecho, espalda, antebrazos y muslos. Mientras tanto, dicho personaje tenía unos moratones y cortes, tanto en la cara como en otras partes de su cuerpo. En velocidad, ambos competían por ver quién era el mejor. Entre cada intercambio de ataques, cada uno de ellos terminaba diciendo una frase que el otro respondía de mala gana. Como si se estuvieran conociendo a través de los puños.

- Nunca se me ha resistido tanto una persona, será agradable arrancarte la piel de cuajo y usarla de capa. Los mejores trofeos son los que más sudor y sangre requieren.

- Vete a la mierda, te voy a cortar hasta que las personas que has matado estén en paz contigo. Ve rezando todo lo que sepas, porque estás peleando contra un demonio.

Decían, a la par que seguían bailando alrededor de la hoguera. Harto de seguir, puesto que los dos estaban suficientemente cansados como para estar dormidos durante una semana completa, el joven espadachín decidió terminar aquello lo más pronto que pudiera. Esquivó un corte horizontal del cuchillo de su enemigo agachándose hacia atrás, mientras que este cortaba los pelos que se habían quedado arriba por la rapidez del movimiento. Clavando las espadas en el suelo, evitó caerse de bruces, para luego girar y lanzar una patada a la barbilla del enemigo, girando por la propia inercia y volviendo a retomar una posición erguida.

- Ahora, es el momento de ir al infierno.

Sentenció Zhown, mientras que enfundaba sus tres espadas en sus fundas, preparando un ataque especial. Durante todo el tiempo que había estado en el dojo de espadachines, harto de las convencionalidades que se enseñaban a todo el mundo, diseñó un estilo propio en el que conjuntaba sus tres espadas en rápidos movimientos, de forma que pareciera que atacase con una lluvia de cortes cada vez que peleaba. “Ametoryu”, lo llamaba. Y ahora, estaba preparado para salir a la luz.

Separándose un poco del enemigo con un salto, entabló sus ojos con los suyos. Sonreía, y pronto salió disparado hacia él. Desenfundó dos espadas, que tomó con sus manos, mientras que la tercera estaba en su vaina.

- Tsukanoma No Matsuri

Acercándose al enemigo, esquivó un cuchillazo frontal moviéndose a un lado, para luego agacharse y cortarle en el abdomen con un giro de su cuerpo. La sangre brotó, pero no paró. Lanzó sus espadas al aire, llamando la atención del enemigo, que miró hacia la trayectoria que estas habían tomado. Craso error, puesto que Zhown desenfunó la tercera espada y la clavó en el estómago del enemigo. Chilló como un cerdo, pero lo mejor vino después. Las espadas volvieron a caer, mientras que el espadachín saltaba y las tomaba con sus dos manos, lanzando un doble corte descendente que rebanó la cabeza del asesino en tres trozos. Su cadáver cayó al suelo, exhalando el último aliento de vida y terminando por fin aquel combate que había durado cerca de una media hora, la cual se había hecho eterna para el vencedor.

El invierno decidió hacer que las nubes que poblaban el cielo comenzasen a llorar, cayendo sus gotas en el vecindario asolado por la muerte. El cuerpo del espadachín estaba repleto de sangre, tanto suya como del enemigo, y no era capaz de aflojar la fuerza con que tomaba sus espadas. Todavía tenía el miedo en el cuerpo: era la primera vez que mataba a sangre fría a una persona … Y le había gustado. La sensación de poder matar a quien quisiera le había venido en grande, y no sería hasta mucho más tarde cuando aprendería una verdadera lección sobre eso. Enfundando las espadas, tras haberlas limpiado en la propia ropa del demente, se giró y llevó su mano derecha a los labios. Lanzó un beso a la hoguera, donde descansaban los restos incinerados de los demás cadáveres, mientras que sus cuerdas vocales se agitaban para decir:

- Descanse en paz.

Se acercó a donde estaban  la comida que había comprado y la tomó en su brazo, para luego desaparecer de aquella escena. Horas más tarde, la lluvia había conseguido apagar la hoguera, pero las llamas de vida que habían nacido en los ojos violáceos de Zhown seguirían activas durante mucho tiempo. Había aprendido el arte de matar, y la sensación perfecta de arrebatar una vida. Como se había dicho al principio, hasta el alma más pura podía ser corrompida. Y la del joven espadachín empezaba a marchitarse como una hoja de árbol en otoño.

_________________



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